
Estas tardes de otoño maduro me traen una calma distinta cuando salgo a pasear improvisadamente a cualquier lado.
Me gusta empuñar mi paraguas más viejo, el de mango de madera gruesa y cálida. Hoy la calle huele a otoño más que nunca. Por eso necesito pasear tan largamente, creo que ése es el mismo olor que sale de mi cuerpo en estos días.
Me voy perdiendo en este soliloquio íntimo sobre nostalgias y olores mientras cruzo la avenida y su tumulto. Ya la humedad empieza a condensar su sombra de agua, empañando todos cristales… y cada vez resulta más difícil atisbar quién nos mira desde el otro lado de las lunas de los escaparates, desde los coches detenidos, desde las ventanas más bajas… Es una rareza mía, acaso, esta supuesta obsesión de saberme mirada por alguien cercano y silencioso cuando me pierdo por calles que nunca antes exploré.
Pero hoy (no tengo duda) no hay para mí ningún observador secreto. Hoy todos los ojos miran aterrados al centro de una plaza pequeña y concurrida. Todas las palabras se invierten en preguntas sobre lo que allí ha pasado. Todos los pies se detienen vacilantes ante el horror expuesto sobre el suelo. Parecen insolventes, las energías empleadas por la policía local, para reducir las huestes de curiosos empeñados en indagar de cerca los detalles.
Hoy una mujer yace en el suelo, desplomada, quizás desde varios pisos de altura. Está empuñando en su mano un teléfono móvil (no sé si sus oídos podrán aún escuchar, cuando en las pupilas, es ya tan evidente la crispación de la muerte) el interlocutor insiste en preguntar:
-¿Petra, estás ahí?... No dices nada, cariño… ¿Eso significa que apruebas mi decisión?... Petra. El viaje es mañana, no me hagas perder tiempo, cielo… Dime, ¿que te parece mi traslado voluntario?... ¡Petra, Petra!... estás ahí?...
Cómo celebro, en este instante, tener en las manos mi precioso paraguas que tanto me protege. Toda la gente debería llevar uno así en estos días…. La lluvia sigue derramando su olor y su poder sobre todas las gentes y las calles, la lluvia sigue y sigue… es una pena que no todos sepamos disfrutar de su nostálgica belleza.
Me gusta empuñar mi paraguas más viejo, el de mango de madera gruesa y cálida. Hoy la calle huele a otoño más que nunca. Por eso necesito pasear tan largamente, creo que ése es el mismo olor que sale de mi cuerpo en estos días.
Me voy perdiendo en este soliloquio íntimo sobre nostalgias y olores mientras cruzo la avenida y su tumulto. Ya la humedad empieza a condensar su sombra de agua, empañando todos cristales… y cada vez resulta más difícil atisbar quién nos mira desde el otro lado de las lunas de los escaparates, desde los coches detenidos, desde las ventanas más bajas… Es una rareza mía, acaso, esta supuesta obsesión de saberme mirada por alguien cercano y silencioso cuando me pierdo por calles que nunca antes exploré.
Pero hoy (no tengo duda) no hay para mí ningún observador secreto. Hoy todos los ojos miran aterrados al centro de una plaza pequeña y concurrida. Todas las palabras se invierten en preguntas sobre lo que allí ha pasado. Todos los pies se detienen vacilantes ante el horror expuesto sobre el suelo. Parecen insolventes, las energías empleadas por la policía local, para reducir las huestes de curiosos empeñados en indagar de cerca los detalles.
Hoy una mujer yace en el suelo, desplomada, quizás desde varios pisos de altura. Está empuñando en su mano un teléfono móvil (no sé si sus oídos podrán aún escuchar, cuando en las pupilas, es ya tan evidente la crispación de la muerte) el interlocutor insiste en preguntar:
-¿Petra, estás ahí?... No dices nada, cariño… ¿Eso significa que apruebas mi decisión?... Petra. El viaje es mañana, no me hagas perder tiempo, cielo… Dime, ¿que te parece mi traslado voluntario?... ¡Petra, Petra!... estás ahí?...
Cómo celebro, en este instante, tener en las manos mi precioso paraguas que tanto me protege. Toda la gente debería llevar uno así en estos días…. La lluvia sigue derramando su olor y su poder sobre todas las gentes y las calles, la lluvia sigue y sigue… es una pena que no todos sepamos disfrutar de su nostálgica belleza.
5 comments:
¿Sabes lo que me da rabia? Y no por ti y sí por ti, sino en general de los blogs pero por ti también por vivir en Madrid como yo. Pues bien: me da rabia que uno puede intercambiar quinientos comentarios o quinientos mails cariñosos o amables o amistosos y escribirse un montón y esta persona me resulta interesante, y esta persona me cae bien, etc., y sin embargo, Amanda, y te pongo de ejemplo, podemos tú y yo estar sentados uno junto al otro en el autobús y ninguno de los dos saber quién es el otro, y luego si algún día lo sabes, caray, qué rabia no haber hablado con ella, ¿comprendes? Esos son mis otoños madrileños, adivinando blogueras en las chicas del autobús o del metro. ¿Qué piensas? Un beso de
Amor
Bueno, estimado Amor, pienso que para mí, es esa una de las cosas que más me gustan de los blogs... Es mágico que yo pueda entrar unos minutos en tus reflexiones, tú en las mías. Que tú conozcas extremadamente bien una parte de mí que no conocen mis compañer@s de trabajo, ni l@s señor@s con quienes me cruzo en el autobus y la en la escalera (y yo de ti)un submundo a salvo de la ficticia y mezquina cotidaneidad.
...Aqui en mi norte mi querida amanda, el otoño es diferente, se viste de olores de mar y lluvia, como si la salitre deseara su llegada para endulzarse después de largos meses sintiendose sola, de lluvia...yo que vivo junto a una inmensa playa con dunas, convierto tu paseo, en un hundír mis pies en la arena fresca y húmeda, mi solilóquio, lo comparto con lo que me susura mi mar entre Olas...y algún delfín me observa con gesto libre, detras del vapor que el suroeste levanta en crestas en la rompiente...casi sonriendo, mi alma se inunda de toda la esencia de la naturaleza, y la suave quietud, de los dias cayendo, como las gotas de la lluvia que fue aqui arte un día...a veces llueve, si... y me dejo el paraguas en casa, para empaparme la cara, entre el viento y el mar, y llego a casa, y me meto en la ducha caliente para notar el cambio, y en mi casita de playa, el calor me recuerda que afuera muerde el viento y la lluvia con la noche los cristales...
Un abrazo desde el Norte Amanda, me encanta tu pluma...belleza que me acercare a beber a menudo...privilegio haberte descubierto...hasta pronto.Carlos
También conozco el otoño de tu norte, Carlos... La lluvia que no cesa... hasta conquistar tu corazón con su nostalgia... el mar... loco de fuerza, de rabia, de saberse (quizás) el mayor Dios que han mirado nunca nuestros ojos. Precioso otoño, el gallego... si sabes ver la luz entre la lluvia y hacerte ligero e inmenso como el mar.
Un saludín. Bienvenido.
Ya, cielo, pero el submundo a veces mola tanto que uno pide realidad (en general, digo). Un beso,
Amor
Post a Comment