
Ella no estaba loca, aunque si lo habría querido algunas veces.
Él habría dado cualquier cosa a cambio de no estarlo.
Ella era grande como una lejana montaña… inalcanzable.
El era pequeño y volador, como lo son, a veces, nuestros sueños.
Ella estaba sola siempre, aunque no era capaz de darse cuenta.
El vivía atenazado entre una multitud y perseguía angustiado su derecho a la soledad.
Ella vivía tranquila y despreocupada aún a sabiendas de que la muerte llegaría puntual algún día.
El había muerto varias veces (de miedo y de dolor) tan solo de imaginar la inesperada llegada de la muerte.
Ella le dio la mano un día, cuando el frío de Enero le azotaba los huesos.
El soñó que tomaba su mano una noche, cuando la luna llena, sudaba la luz de Agosto en la ventana.
Ella besó su frente blanca cada anochecer, vislumbrando sus miedos y sus ansias.
El se dormía abrazado a una pasión desconocida y silenciosa, que venía a buscarle con un beso en la frente.
Ella le amó desesperadamente durante toda su vida, desde la quietud de su silencio.
El había muerto de desamor en la primera noche, entre los brazos de ella.
